Nada de Sexo (1980-1982)

Estaba en 4to grado de primaria y tenía 8 años. No sé en qué momento nuestros juegos de policías y ladrones, esos que jugábamos con las niñas, adquirieron una sensualidad (mierda, que palabra para pegajosa, wákala) que nunca había tenido. Entre niños -insisto, de ocho años- conversábamos de las pequeñas erecciones que experimentábamos por razones desconocidas, de qué niñas nos gustaban y por qué. Y nos las repartíamos: tú vas a estar con tal y tú con tal y tú con tal no porque ella me gusta a mí.

Que yo recuerde, nadie nos hablaba de sexo a esa edad y solo los que tenían hermanos o primos mayores podían aportar a nuestro vocabulario, cultura y conocimientos sexuales. Sí, la información más caliente que teníamos nos llegaba a través de otros niños de 8 años que tenían hermanos de 10 o primos de 12. Lo más cercano que tuvimos nunca al sexo en ese entonces, fue el diccionario obligatorio del colegio, el Rancés (Sopena): SEXO: condición masculina y femenina de animales y plantas. Aburridísimo, tenía que haber más.

Pero la inquietud estaba y nadie se atrevía a preguntarle nada a algún papá o mamá (y sospecho que más de uno hubiera toreado la pregunta con un helado o alguna cojudez por el estilo para distraer al chibolo ladilla y preguntón). Mi papá no vivía conmigo, solo lo veía los fines de semana, así que para todo efecto práctico mi mamá era mi papá y mi mamá y no es que tuviera tiempo para sentarse con nosotros a preguntarnos por nuestras inquietudes, no, eso no pasó nunca.

Un día de vacaciones, subidos en el techo de nuestra casa que se conectaba con los techos de otras dos casas, nos encontramos, mi hermano de seis años y mi mejor amigo de la infancia de 9, un montón de revistas pornográficas en el tragaluz del baño de la casa de la vecina. De la abuelita de una de nuestras vecinas, en realidad. A decir verdad, solo eran retazos de revistas, ninguna estaba completa, pero recuerdo bien que eran Cinco y Zeta y una más cuyo nombre se me escapa. Más que las fotos, en blanco y negro y con el grano tan exageradamente reventado que más que ver uno tenía que adivinar lo que había allí, nos llamaron la atención las historias.

A mí me impactaron tanto que, 36 años más tarde, recuerdo palabra por palabra algunos de esos párrafos. Nos daba entre risa y pudor, un cosquilleo raro, inusitado, inédito hasta entonces. Pero las seguíamos leyendo a escondidas, porque “sabíamos” que era algo “malo”. Y lo malo es rico, qué carajo, es rico, como la torta de chocolate. No recuerdo qué pasó con ellas. Me parece que mi hermano se las entregó a mi mamá para vengarse de alguna cosa (de niño siempre fue un soplón, pero se curó como a los 16 años) y ella las quemó y nos dejó con millones de preguntas sin responder. Uno o dos años más tarde, en la casa de otro amigo, este sacó un casete de betamax de debajo de la cama de sus papás y puso Garganta Profunda (en ese momento ni idea tenía de qué estaba viendo, lo supe casi 20 años después) y las preguntas y las sensaciones de hacía dos años crecieron de manera exponencial.

Por la misma época, en el colegio empezaron a aparecer algunas revistas a las que solo se tenía acceso si alguien en tu casa las compraba y no era nuestro caso, así que siempre andábamos detrás de alguien con un hermano o primo mucho mayor. Y de pronto, un día, así como la primera vez que vi el mar y me enamoré para siempre de él, apareció ella: una Playboy (estudiábamos alemán, así que solo los que iban a Miami sabían cómo se pronunciaba, los demás decíamos plaivoy). Una mujer rubia muy ligera de ropas en la portada lustrosa, hermosa, una que no tenía nada que ver con las hojas sueltas que parecían de mimeógrafo y en las que conocimos algo más del sexo como no debe ser conocido.

A partir de entonces la vida cambió. Un poquito, pero cambió, porque ya nunca más pudimos ver nada con los mismos ojos. Nada. Nos reuníamos en la casa de algún amiguito para “jugar” y nos pasábamos buena parte del tiempo entre el Atari y las calatas. Teníamos 10 años y esas revistas Playboy jugaron un rol en nuestras vidas para el que definitivamente no estaban pensadas. Nos presentaron el sexo como nunca lo habíamos visto ni imaginado cuando jugábamos policías y ladrones en el patio del colegio con nuestras compañeras de clase, cosa que seguíamos haciendo.

Foto de Papua Nueva Guinea (no es de National Geographic, pero la idea es esa)

En la serie Días Felices, Richie Cunningham y sus amigos Potsy y Ralph, se escondían en el baño para ver a las aborígenes sin ropa de National Geographic. Nosotros nos subíamos al techo a ver mujeres que no veíamos en la calle y una parte importante de nuestra manera de ver, entender y acercarnos al sexo se forjó allí, entre risas nerviosas, textos de los que entendíamos muy poco o casi nada, pleitos sonsos y hojas rotas.

Para bien o para mal, esos fueron los primeros pasos temblorosos e ingenuos en un campo lleno de minas pero que transitamos sin ningún reparo… bueno, solo que no nos pesquen. Las clases de educación sexual eran tan teóricas que salíamos corriendo a buscar en las revistas eso de lo que nos habían estado hablando en clase. Nunca lo encontrábamos.

No hay moraleja, es lo que es.

Hugh Hefner se acaba de morir y recordé todo esto. Él fue, de alguna manera y sin quererlo ni proponérselo, una especie de mentor de muchos de nosotros, un mal ejemplo a seguir, pero el único que teníamos porque, verán, en ese entonces, no existía un niño de 10 años que siquiera se atreviera a pensar que sus papás tenían sexo; ni hablar. A menos que los hubiera visto, claro, lo cual era de por sí una especie de desgracia, una maldición que venía con estigma. Si tenías una hermana mayor guapa o habías visto tirar a tus papás, estaba jodido porque vivías rodeado de trolls calientes de 10 años.

Solo una vez en mi vida compré una revista “de calatas”. Lo hice con mi primer pago semanal de la Bolsa de Valores, a los 18 años y la regalé cuando, sorpresiva e inesperadamente, la terminé de leer.

Fue Playboy, porque Hustler ya era muy brava. Pero esa es otra historia.

Salve Hugh, al menos te tuvimos a ti.

 

No se hagan, sí se acuerdan.

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