Propiedad

(Basado en columnas publicadas originalmente en Perú21 entre el 27 y el 29 de abril de 2018)

Un hombre le dice a una mujer: “A las mujeres hay que cuidarlas y respetarlas porque son la más hermosa y delicada flor que Dios puso sobre la tierra y porque nos dan la vida”. La mujer contesta: “No, hay que cuidarnos y respetarnos porque somos seres humanos”.

El Índice Global de Esclavitud de 2016 (de la Walk Free Foundation) estimaba que había unas 45.8 millones de personas sometidas a alguna forma de esclavitud moderna en 167 países. El Perú está en el puesto 18, con unas 200 mil personas viviendo esclavizadas. Eso equivale a las poblaciones de Miraflores, San Isidro, Barranco y todos los balnearios del sur chico combinados.

Un esclavo es un activo, una cosa; property (como dicen los gringos). Y un activo se posee: se puede comprar, vender, usar, abusar, explotar, expropiar, abandonar y destruir; todo a voluntad del dueño. Un auto, un XBox, una mesa, un par de zapatos viejos.

¿Y una mujer?

Fig 1. “Es bonito tener una mujer en la casa”.
Fig 2. “Mantenla donde pertenece…”

Dependiendo del país y la cultura, una mujer puede tener derechos de propiedad sobre las cosas o alguien más sobre ella como si fuera una cosa, un objeto. En el Perú, hombres y mujeres tenemos la misma categoría jurídica. Ellas trabajan tanto o más que los hombres (ver los tuits de Hugo Ñopo al respecto).

Entonces, ¿por qué hay tanto imbécil que piensa que las mujeres le deben algo, que se siente con derecho sobre ellas? ¿Por qué alguien, rechazadas sus pretensiones románticas, le prendería fuego al objeto de su “afecto”?

¿Qué carajos es esto?

Y aquí otro..

Porque así como te cocina, te sirve la comida, te tiende la cama y te lava los platos, te tiene que hacer el amor. Y si no quiere, es que algo anda mal. Y a veces una patadita lo soluciona, ¿cierto? Como cuando hay que empujar el auto para que encienda. Los que prefieren quemar su ropa antes que regalarla son los menos, pero, si se dan cuenta, es la misma lógica.

 

Autoafirmación

Consumo, luego soy. No necesito hacer ni decir mucho, mis hábitos de consumo hablan por mí. La acumulación de bienes y el aspecto de las cosas son el eje (¿o la base?) de nuestro sistema de asignación de valor. Y lo usamos cotidianamente para personas y cosas por igual. Si te ves de una determinada manera, si tienes determinadas cosas, vales más que si no es así.

Entonces, ¿cómo sé cuánto valgo si no poseo bienes y si no me veo como los modelos de los anuncios de ropa interior de Calvin Klein? ¿Cómo afirmo mi existencia y su importancia ante los demás y ante mí mismo si no tengo dinero, fama ni poder ni me veo como alguien a quien le sea fácil obtenerlos? ¿Cómo digo “mírenme, aquí estoy yo también”? ¿Cómo, si no puedo consumir vistosamente, si no tengo ningún poder sobre nada ni sobre nadie? ¿Soy? ¿Existo? ¿Hace alguna diferencia? ¿Cómo hago que alguien me quiera? ¿Qué tengo que hacer para importar, para que mi vida importe, para que tenga sentido?

Desde ahí, aparecen el miedo y la reacción airada a la autonomía de lo que se reclama como propio: ¿cómo te atreves a querer irte si eres mío? ¿Acaso la tele decide por sí misma qué canal poner? ¿Puede acaso mi bicicleta decidir un buen día que no me lleva a donde necesito o quiero ir? ¿Puede la cafetera decidir no pasar mi café hoy? ¿Quieres irte? ¿Te resistes a hacer aquello para lo cual existes? Te golpeo, te marco, te destruyo, te zampo el estigma de Caín. Ahora vete, ¿quién te va a querer así, marcada y dañada? ¿Quién te va a querer tocar si estás manchada? Porque si llevas la marca, es porque algo hiciste, porque te la mereces.

Hace muchos años, escuché en una película la expresión “damaged goods” (mercadería dañada) para referirse a una mujer: tú eres una cosa y con el uso las cosas se malogran. Y cuando eso pasa pierden su valor. Un auto de segunda mano que no embraga bien o que viene sin llanta de repuesto; una lavadora sin ciclo de enjuague; un equipo de sonido al que le falta un parlante; una mujer con pasado, con autonomía y con voluntad propia.

En la cabeza de muchos hombres y mujeres, la mujer se parece más a un cepillo de dientes: usado es inútil, peligroso y, por todo lo anterior, desechable.

¿Cómo te atreves a no quererme?

El conjunto de atributos negativos que enfrenta una mujer desde el principio de su existencia, contra los que tiene que luchar y de los que tiene que intentar desmarcarse a lo largo de su vida –muchas veces sin éxito– constituye una desventaja enorme frente a sus pares masculinos. Desde muy pequeños nos dicen -a todos- que las mujeres son tontas, débiles, asustadizas, torpes, vanas, brutas, engreídas, etc.

La estigmatización de la mujer empieza en la niñez y se refuerza con violencia durante la adolescencia.

Algunas, para cuando son adultas, ya asumen como propios, innatos e inmutables muchos de esos atributos que las encasillan en roles que se convierten en camisas de fuerza: “Soy mujer (frágil, asustadiza, dependiente) y nací para esto (madre, esposa) y no para esto otro (ser resiliente, eficaz, poderosa, competitiva)”. Esto también explica la brecha salarial: en el Perú los hombres ganan hasta 30% más que las mujeres por hacer el mismo trabajo.

En el ranking de brecha de género del Foro Económico Mundial 2017, el Perú ocupa el puesto 98 de 145 países en oportunidades económicas. Mal, muy mal. También ocupa el puesto 33 por empoderamiento político de las mujeres, pero la siguiente disparidad es escandalosa: solo hay 34 mujeres de 130 congresistas y solo 50 alcaldesas en 1,743 municipios distritales.

El costo de oportunidad para la sociedad de mantener estos estereotipos es incalculable de tan inmenso. El porcentaje de mujeres que se desanima de estudiar ciencias o de practicar deporte de alta competencia porque “son cosas de hombres” es muy alta.

Esto es indesligable del hecho de que, según INEI, las mujeres dedican un promedio de 39 horas a la semana al trabajo no remunerado doméstico (hacerse cargo de la casa y de las obligaciones relacionadas a esta), mientras que los hombres solo le dedican 15 horas. Esto explica también, en parte, por qué en nuestro país solo el 20% de las solicitudes de patentes fueron hechas por mujeres. La desventaja que aún enfrentan las mujeres en la sociedad peruana es alarmante. Y, como vemos casi a diario, criminal.

 

Colofón

Eyvi Ágreda ha muerto. Fue asesinada por ser mujer. ¿Cómo lo sabemos? ¿Cómo es posible afirmar que la mataron por ser mujer, que fue un feminicidio?

Porque si Eyvi hubiera nacido hombre, seguiría con vida; porque cosas como la que le hizo un hombre a ella no le suelen pasar a los hombres.

Porque las probabilidades de que una mujer se suba a un micro lleno de gente a hora punta a tratar de desfigurar el rostro de un hombre con fuego y gasolina mientras le grita que “¡si no eres mío no serás de nadie!”, son ínfimas sino son nulas.

Fue un feminicidio porque las mujeres no se sienten con derecho a poseer a los hombres y, por lo tanto, no los asesinan cuando estos no les corresponden las pretensiones románticas o las insinuaciones sexuales.

Tal vez deberían. Como para estar parches.

 

(ya no puedes decir que no sabes cuándo o qué es acoso)

PD Hay decenas de razones que explican estos comportamientos que pertenecen tanto al ámbito de la construcción social como de la biología. Eso no quiere decir que todo es culpa de la sociedad ni que no se puede hacer nada contra la “naturaleza”. Solo quiere decir que el asunto debería ser abordado desde distintos frentes porque la emergencia debe solucionarse lo más pronto posible.

 

 

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