De Sendero al chorreo y a la promesa rota

Decía Fernando Rospigliosi en El Comercio (10/09/2017) que en el Perú -y en el mundo- de 2017, es improbable que aparezca o reaparezca un movimiento subversivo armado como lo fueron Sendero Luminoso y el MRTA. La existencia de estas bandas de asesinos se apoyaba, sí, en las tremendas injusticias e inequidades sociales y políticas que existían entonces -y que subsisten aún-, pero también y sobre todo, en la imposibilidad de acceder democráticamente a cambiar esa realidad. El poder le pertenecía a un club que decidía quién podía y quién no podía entrar y qué cosas se decían y decidían para quién y qué cosas no.

En buena medida -e irónicamente- gracias a Fujimori, esa realidad cambió de manera radical y, de pronto, acceder a los espacios de poder desde donde se decide -al menos nominalmente- el rumbo del país se hizo más fácil; en efecto, se democratizó. Una rápida mirada a la composición de los parlamentos de las últimas tres décadas deja pocas duda al respecto.

Sin embargo, sucede que en cada elección reaparece esta frase convertida en lugar común: “si votar pudiera cambiar algo, estaría prohibido”.

Las decisiones de los gobiernos (en los tres niveles: nacional, regional y local) no se corresponden necesariamente con los intereses de la población que los elige y la mayoría de veces ni siquiera con las promesas que hacen los candidatos cuando están en campaña. Esto explica también, en alguna medida, la vergonzosa cantidad de autoridades investigadas, procesadas y encarceladas: el roba pero hace obra como institución que reemplaza a todas las instituciones. ¿A qué intereses ajenos responden? Quizás sería mejor preguntar, sin importar cuánto haga o cuánto robe, ¿con qué o con quién o con qué intereses no se puede uno meter?

Las últimas elecciones nos mostraron a un fujimorismo dispuesto a aliarse con quien sea para conseguir votos: desde fanáticos religiosos con claros discursos de odio, hasta mineros ilegales alrededor de cuya actividad -ilegal y delictiva- se cometen sistemáticamente otros delitos que van del contrabando y la evasión tributaria, hasta el sicariato, el asesinato, el narcotráfico y la explotación sexual infantil. Aliarse con quien sea a cambio de votos es una práctica lamentablemente común y que se repite en varios otros partidos políticos. ¿Cómo se cobran y cómo se pagan esos apoyos? ¿A quién o a qué se desplaza para incorporarlos?

En 2001, Alejandro Toledo acuñó para nosotros la idea del “chorreo”. El crecimiento económico por sí mismo iría alcanzando, poco a poco, a toda la población trayendo trabajo y bienestar. Mientras tanto, lo que nos correspondía a todos era trabajar, estudiar, “sacarse la mugre”, para crecer, superarse y mejorar la situación de la familia de cada uno. En realidad se trataba del (ya) viejo y usado discurso individualista y panfletario del “cada uno baila con su pañuelo” travestido de emprendedurismo progresista; pero como nos lo decía un “self-made-man”, atracamos.

No obstante, en alguna medida, es cierto, esto del chorreo tenía sus límites: tras 17 años, la pobreza se ha reducido de manera sorprendente, sí, pero, a diferencia de lo que le gusta decir al ex presidente Alan García, no fue gracias a su gestión, sino principalmente a fenómenos que no tienen absolutamente nada que ver con las decisiones de los gobiernos del Perú: los precios de las piedras que exportamos. La correlación entre precios de materias primas y crecimiento económico y reducción de la pobreza en el Perú es altísima e impresionante. No hay buenos tecnócratas, hay surfistas mediocres montados sobre las olas de la bonanza internacional.

En 2006, (INEI 2016) la pobreza extrema alcanzaba al 13.8% de los peruanos. Al 2016, se había reducido a 3.8%. En el mismo lapso, la pobreza “no extrema” pasó de afectar a 35.4% de peruanos a 17%. Nada mal. Pero la población vulnerable, es decir, quienes salieron de la pobreza formal, pero pueden regresar a ella si tan solo alguien en su familia se enferma o deja de trabajar, ha pasado de 26.1% a 32.9%.

Semejante precariedad no es bienestar y ciertamente no es paz: uno de cada tres peruanos (unos 10 millones de personas) vive en una agotadora y permanente ansiedad y uno de cada 5 (otros 6 millones) es pobre. Los logros económicos de los últimos años se ven menos “logrados” desde esta perspectiva: 54 de cada 100 peruanos (¡17 millones!) la pasa mal. O no la pasa bien. Si consideramos que, estadísticamente, el ingreso familiar en el NSE C es de unos S/.3.075 (APEIM 2016), que la pensión de tu universidad cuesta un tercio de eso o más y que el 40% de la población gana menos de S/.1000 al mes (Oxfam 2016), ¿de qué clase de “clase media” estamos hablando?

Para millones de peruanos que ahorraron hasta el último centavo para enviar a sus hijos a educarse en instituciones privadas en el intento -tantas veces vano- de procurarles más oportunidades y más acceso, todo esto del chorreo, el crecimiento y la inclusión ha sido una mentira. Al cabo de cinco años de universidad, muchos de sus hijos no pueden conseguir trabajo o, si lo consiguen, es por salarios pequeños realizando labores para las que, en teoría, están sobre calificados. Ni tu esfuerzo, ni tu ahorro, ni tu trabajo, ni tu estudio te sacan de pobre ni te “incluye”. Entonces, ¿qué queda?

La última encuesta de GfK (setiembre) es clara al respecto: todas las autoridades de todos los poderes del Estado están jaladas con desaprobaciones mayores al 70%. Siete de cada 10 peruanos está descontento con ellas: ni el gobierno, ni el Congreso, ni los jueces. ¡Qué se vayan todos!

Es probable que Fernando Rospigliosi tenga razón y que algo como Sendero no pueda volver. Sí, me parece imperdonable que en los colegios -y en general en todo el sistema educativo- la violencia política y terrorista de los 80 y 90 no se enseñe como parte de la historia que no debe repetirse y, más importante, como para comprender quiénes somos y de dónde venimos en términos del pasado inmediato. Y esto es tan importante como aprender sobre el Hombre de Kotosh. Y quizás más urgente.

Pero aun así, no descartaría que el hartazgo y la frustración de las personas sobre la desigualdad, sobre la promesa rota del desarrollo gracias al crecimiento, nos lleven a un camino igual de radical -y a la larga, ojalá no, sangriento-, como en Venezuela, por ejemplo. Porque cuando pedimos que se vayan todos, escogemos al primero que pasa: sucedió con García, con Fujimori, con Belmont, con Toledo y con Humala. Hoy, todos los outsiders que quedan están presos. Y a 27 años de las reformas de los 90, casi 6 de cada 10 peruanos sigue sin pasarla bien o al menos como le ofrecieron que habría de pasarla ya no él, sino sus hijos. El modelo se agotó, ¿cuándo se habrán “agotado” los ciudadanos del “modelo”?

Más que mostrarle a las personas cuán malo fue algo para evitar que se repita, es darle a probar cuán buena pudo o puede ser la alternativa. Solo falta que encontremos esa alternativa.

(Artículo escrito para la revista Punto Seguido de la facultad de comunicaciones de la UPC set/2017)

 

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