Mujeres al poder: meritocracia, democracia y la cuota

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Hay muchos factores que explican la asimetría a favor de los hombres en la representación política, pero pienso que uno de los más importantes es la estructura social. Sí, eso que los libertarios creen que no existe -o que no importa- y que determina, más que patrones de comportamiento y de consideración del “otro” -que también-, identidades y roles. Los espacios de participación política son feroces, turbios, sucios, escatológicos casi, ultra jerárquicos y por eso mismo, ultra verticales. Y son así porque tradicionalmente han sido espacios construidos por hombres para los hombres. Los acuerdos y las alianzas entre grupos al interior de otros grupos se forjaban muchas veces en el compadrazgo y la complicidad que se genera al compartir cenas, botellas y visitar prostíbulos.

Hasta hace no tanto, por ejemplo, los ejecutivos de un enorme banco de inversión japonés firmaban los acuerdos de renovación de representación y de custodia de valores en un puticlub, de amanecida, secando botellas de whisky de 2 mil soles con las trabajadoras sexuales en ropa interior sentadas sobre sus rodillas. Casi como un cliché de película gringa serie B. ¿Cuántas mujeres se sentirán cómodas en esos espacios? ¿Cuántos hombres dejarán de fortalecer sus vínculos en esos espacios para que las mujeres puedan participar? ¿Cuántas mujeres se pueden agarrar a grito pelado en un anfiteatro con un gorila parado al frente sin sentirse intimidadas? ¿Cuántos hombres van a dejar de gritar hasta que se les salgan los pulmones para permitir que su contrincante mujer pueda ser escuchada en un foro partidario? Sin duda, ellas no serán muchas y ellos serán todavía muchos menos.

¿Cómo son las congresistas que tenemos hoy en el Congreso representándonos a todos? ¿Son, acaso, mayoritariamente, de perfil relativamente bajo, intelectuales o profesionales muy capaces, muy articuladas y muy cultas? ¿Cuál podríamos decir que es el arquetipo de la política mujer en el Perú? ¿Keiko Fujimori o Verónika Mendoza? Más ajustado, ¿Marisa Glave o Verónika Mendoza? ¿Lourdes Alcorta o Gloria Montenegro? ¿Cecilia Chacón o Luciana León? ¿Luisa María Cuculiza o Lourdes Flores Nano? ¿Martha Chávez o Patricia Donayre? ¿Luz Salgado o Yamila Osorio? ¿Nadine Heredia o Susana Villarán? ¿Patricia Juárez o Karina Beteta? ¿Yenni Vilcatoma o Tania Pariano? ¿Cuántas candidatas a la alcaldía de Lima hay? Solo una y es hija de un empresario que tiene muchísimo dinero y recursos.

A la Sra. Esther Capuñay, ¿su papá le compró un partido político y una inscripción para que ella postule o es que ella ha hecho vida partidaria y de bases por años y en democracia interna su partido decidió que ella era la que mejor representaba los ideales y la visión de su movimiento? Ah, ok. ¿Y por qué? ¿No pudo competir en el partido de Pepe Luna, contra Urresti, por ejemplo? Vemos un fenómeno parecido en varios otros partidos: su candidato llegó de afuera, no hizo nunca vida de partido. ¿Qué rol juega en ese escenario el género de quien quiere participar? ¿Cómo se gana el derecho a competir?

Siendo tan distintas entre sí, todas las mujeres políticas mencionadas párrafos más arriba son más agresivas que el promedio de mujeres que conocemos. O al menos que yo conozco (excepto mi madre, pero esa es otra historia). Eso, felizmente, está cambiando con las generaciones que van llegando: cada vez las mujeres son más agresivas y los hombres sienten menos necesidad de “dominar” de cualquier manera una determinada situación, en particular delante de una mujer o cuando tienen como contrincante a una mujer. ¿Se podrá afirmar que la urgencia de ganarle a una mujer porque es mujer está desapareciendo entre los millennials hombres?

Por otro lado, la composición del Congreso no deja dudas: meritocracia es una palabra cuyo significado seguramente ignora más de las dos terceras partes de los parlamentarios. Es más, las cuotas alternadas son para la representación en las listas: nadie te obliga a votar por una mujer si no quieres y es ahí donde está, a la vez, el truco y la cojudez de quienes reclaman que la cuota atenta contra la democracia y suplanta a la meritocracia: en el Perú el voto preferencial se usa muy poco, la mayoría de los congresistas que alcanzan una curul lo hacen por el arrastre del candidato principal; sea quien sea, sin importar si es hombre o mujer o si tiene una condena por robo o una investigación abierta por asesinato o una demanda por violación de menores. Es decir, en el Perú nos da IGUAL quién entre, ni nos fijamos. ¿Por qué entonces les jode a algunos que la mitad de esos que entren o no entren sean mujeres si igual nunca votan por un congresista en particular y, si lo hacen, el efecto de la cuota desaparece instantáneamente para ellos?

Los congresistas Ríos Ocsa, Martorell y Lapa Inga (los tres con condenas firmes para irse presos) así como Becerril, Morales, Bienvenido y Apaza (y Kenji, sobre todo Kenji) son la demostración de que eso de la democracia y la meritocracia es hoy -todavía- un argumento muy cojudo. Llegará un día en que no se necesiten cuotas (que sí, en principio me parecen nefastas), pero ese día no ha llegado aún al Perú y por lo visto y expresado por tanto congénere que no ha leído el proyecto o no lo ha entendido -pero igual se le pararon las antenitas del susto- todavía está lejos.

En las últimas elecciones, dos de los tres primeros puestos eran ocupados por mujeres. Incluso, una de ellas llegó a la final dos veces seguidas respaldada nada más y nada menos que por lo más rancio y conservador y machista y reaccionario del país. Y no perdió contra los “progres” por ser mujer, sino porque es Keiko Fujimori.

Algo está cambiando a nivel macro, falta cambiarlo en la base, en lo micro. Como decíamos, los códigos que se usan en la política -y en muchos otros espacios, los estudios de abogados, por ejemplo- fueron inventados por hombres para ser usados por hombres y para que el éxito lo alcance no el más sabio sino el más hábil, el más agresivo y el de menos escrúpulos. Es decir, el que corta el jamón casi casi por defecto y sin que nadie se lo discuta ni dispute: como Alan, como Castañeda o como Keiko. Como le hubiera gustado a Marco Arana y no pudo.

Así que no se quejen: el 50% y la alternancia servirá para que te fijes por quién votas y eso sin duda será una mejora frente a lo que tenemos. Quizás se usará más el voto preferencial. Quizás no. Si lo usan, van a tener que fijarse por quién están votando y si no lo usan y siguen votando como hasta ahora, con seguridad vamos a tener más mujeres en el parlamento. No sabemos si serán como Marisa Glave o como Yesenia Ponce, pero por algo se empieza.

 

*Escribí esto de porrazo esta madrugada (3am del 13 de agosto del 2018). Se lo pasé a un amigo y lo dejé reposar para estar seguro de no estar patinando demasiado. Como mi amigo me lo devolvió con un comentario que empezaba con “Carajo, súper bien”, me mandé a publicarlo. Este texto es, sobre todo, un ejercicio de sentido común que, en teoría y en principio, debería poder hacer cualquiera.

En determinadas circunstancias -como las del Perú, mira tú- las cuotas son una buena idea y eso está probado. Si quieren más material al respecto sigan este hilo extraordinario y lleno de datos y opiniones respaldadas por evidencia del no menos extraordinario Hugo Ñopo.

 

Un comentario en “Mujeres al poder: meritocracia, democracia y la cuota

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