Que les pasen el cuy

Todos muy contentos
(Foto: captura Canal N)

 

“In the End, we will remember not the words of our enemies, but the silence of our friends”

-Martin Luther King Jr.

El Presidente Martín Vizcarra vive asustado. Y el susto es un mal consejero y peor compañero de viaje: es pesimista, paranoico, espeso, exagerado, agotador, impide pensar con claridad y percibir las cosas en su real dimensión: todo lo agranda o todo lo achica, lo que sea peor. Y suele llevarnos -a todos- a tomar decisiones apresuradas y casi siempre subóptimas. O de plano terribles.

Quisieron esconder el reclamo de Odebrecht sobre el Gasoducto y no pudieron. Quisieron luego impedir que se produzca la demanda de ODB contra el Perú y, después, que tal hecho se haga público. Y fracasaron otra vez. 

Como estas cosas, por ejemplo. Mentiras que buscan desestabilizar un gobierno que parece tambaleante.

Es verdad que el Ejecutivo vive bajo ataque permanente de la mafia y de los delincuentes que llaman dictador, corrupto e inepto a Vizcarra y a todos en su equipo todos los días, en una avalancha de difamaciones ininterrumpidas que van desde lo nimio y ridículo hasta lo que podría considerarse una suerte de terrorismo.

También es verdad que ese vivir en un estrés constante, en el que cualquier error que cometas se magnifica por mil, en el que cualquier malentendido se comprende como una equivocación o, peor, como un acto de corrupción, afecta la conducta y la percepción de quien lo padece. Se acaba cuando uno se va, pero Vizcarra todavía no se puede ir y su gente tampoco.

Y se ha vuelto obvio: conseguir reemplazos para sus ministros es cada vez más difícil, ya no porque tenga al Congreso del 2016-2017 con sangre en el ojo y en modo destrucción como una espada de Damocles sobre la cabeza de todo aquel que ose colaborar con Vizcarra. Ahora esos cargos son poco atractivos en sí mismos y siguen devaluados, pero ya no solo por culpa del Congreso.

Así que ya hace rato que no se le puede achacar toda la culpa al aprofujimorismo ni a la mafia de las malas decisiones e inacción del gobierno y de Vizcarra. Aquellos son lo que son y no van a dejar de serlo nunca y es con esa realidad con la que hay que trabajar y a la que hay que acomodarse. Asustarse no es una opción, correrse tampoco. Replegarse, menos. Y eso es lo que ha estado haciendo Vizcarra y su equipo todo este tiempo, quitándole el poto a la jeringa porque la única manera de no equivocarse para luego ser acusados de corruptos o de ineptos es no haciendo nada. Y sabemos cómo acaba eso: en su casa en pantuflas y con impedimento de salida del país.

Todo esto es una especie de depresión que incorpora, al mismo tiempo, un desgano profundo y un estado de alerta muy descalibrado y chillón. Ninguna voluntad de comprarse ningún pleito ni de enfrentar nada desagradable y, al mismo tiempo, una predisposición a sobre reaccionar ante el menor estímulo que se percibe como disruptor. Y, consecuentemente, a partir de allí tomar pésimas decisiones cuando pasa algo que “no estaba en los planes”.    

Fue el miedo al escándalo público lo que hizo que Vizcarra y su gabinete en pleno trataran por todos los medios de encapsular el pedido de Odebrecht para ampliar por seis meses la prescripción del caso del Gasoducto ante la CIADI. Como si por no mirarlo el pedido hubiera de desaparecer.

De nuevo fue el miedo a la indignación de la opinión pública el que el Poder Ejecutivo tratara por todos los medios de ocultar que Odebrecht había decidido demandar al Estado. Hasta cuatro ministros recibieron a Odebrecht (Justicia, Energía y Minas, Economía y Finanzas y PCM) y ninguno pudo “desaparecer” o “deshacer” el problema. Cuatro ministerios peloteándose la papa caliente que el procurador Ramírez llevaba consigo para que le hicieran caso y alguien se hiciera cargo. Porque lo cierto es que nadie se quería hacer cargo.

Ex ministra de Justicia, Ana Revilla.

Producto del miedo se toman decisiones lamentables y contraproducentes: ¿quién es el menos importante en esa historia? Jorge Ramírez, el procurador que sonó la alarma de la demanda de Odebrecht el 17 de diciembre del año pasado. Quizás -y aquí especulo- lo botaron dándole las gracias pensando que se iba a quedar callado y no le iba a contar a nadie lo que pasó realmente. Si lo sancionaban, en cambio, él tenía que dar sus descargos y eso no le convenía a nadie.

Ramírez los calateó a todos: reveló que él le contó a su jefa y al Premier que Odebrecht nos estaba demandando, que fue el ministro de Energía quien llamó a Ramírez y no al revés y que para cuando se reunieron con Odebrecht en el despacho de Juan Carlos Liu el 9 de enero, ya todo el Poder Ejecutivo sabía qué estaba pasando, dónde y por qué. Todos sabían, incluyendo al Presidente Vizcarra.   

Si Vizcarra hubiera sido capaz de mantener la ecuanimidad se hubiera dado cuenta de lo obvio: la “peste” no se acaba cuando se mata al perro porque el perro es un agente secundario, la peste la transmiten las pulgas. Y cuando uno mata al perro, las pulgas se mudan a otro perro. Eso es exactamente lo que pasó.

Jorge Ramírez, ex procurador

Ramírez estaba tratando de contestar a los señalamientos del exministro sin manchar a nadie y, como no se puede probar un ilícito que nunca se cometió, el único que se hubiera tenido que ir era Liu por su flagrante conflicto de interés no declarado (fue asesor de Odebrecht y si bien esto no es delito, no declararlo está mal). En vez de sostener a Ramírez como el muro de contención que estaba intentando ser, Vizcarra o la ministra Revilla le pidieron al procurador general que bote a Ramírez. Y tras él salieron dos ministros más, incluyendo a la ministra de Justicia. La rabia siguió su curso. 

El saldo de esta crisis va siendo así:

i) un gobierno seriamente golpeado en su credibilidad, legitimidad y que pierde capital político a borbotones.

ii) un procurador y tres ministros menos

iii) un gabinete de ministros pegado con babas

iv) y el problema real, la demanda de Odebrecht contra el Perú, intacta.

Literalmente.     

Que Gustavo Gorriti diga que botar a Ramírez fue un acto de “sorprendente cobardía” me parece, a estas alturas, casi un eufemismo. Estaban aterrados y soltaron y entregaron todo lo que no fueran sus propios pescuezos.   

Ramírez les comunicó a sus jefes la intención de Odebrecht de demandar al Perú el 17 de diciembre. La demanda de Odebrecht se hizo pública el 6 de febrero: 51 días después. La alarma contra incendios se disparó hace casi dos meses, pero igual se quemaron todos.

Es verdad que acabada la guerra todos son generales. Desde el penal de Cuevita hasta la vacancia de PPK, pasando por la prisión de Keiko, el retorno de Alberto Fujimori y el balazo aquél, todos dicen hoy que era recontra obvio que todas esas cosas iban a pasar. Y lo que es verdaderamente trágico es que, aunque todos sabían, nadie pudo evitarlas. Síndrome de Casandra: Se pasa del furor, al pánico y a la negación. Pésima fórmula.

Visto desde afuera, o mirado después, con perspectiva de espectador, detrás de un vidrio, en frío y a distancia, sin la angustiosa premura que imprime en las tripas el furor de la batalla en primera persona, parece fácil. Mantener la ecuanimidad en cualquier circunstancia es importante no solo para el líder, sino también para quienes lo siguen: la cadena de malas decisiones puede ser interminable o, quizás peor, terminar en tragedia.

Y no, no es fácil, pero para eso están usted y su gente en esos cargos, Señor Presidente. Busque que les pasen el cuy. O el huevo. O dos.

Un feo recuerdo. Pero importante.

3 comentarios en “Que les pasen el cuy

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