Antauro no es el malo conocido.

Hay al menos dos características que se nos suelen imponer cuando la precariedad nos toca la puerta. Por un lado, un exacerbado enfoque en el corto plazo y, por otro, un pragmatismo muy dado a llevar al extremo eso de “más vale pájaro en mano que cien volando”.

Son muy pocas las personas que pueden ver oportunidades en las crisis y son todavía menos las que son capaces de aprovechar esos contextos. Y no es una cuestión de posición (que sin duda ayuda) sino sobre todo de carácter. Por lo general, si uno se está ahogando y se encuentra un madero inmenso a solo dos metros de distancia, no nadará hacia a él si para hacerlo debe soltar la pelota viniball a la que se aferra con las dos manos aunque se esté desinflando lentamente y apenas le permita a uno mantener la nariz fuera del agua. Las situaciones de precariedad nos pueden volver prácticos en el peor de los sentidos.

Esta es, más o menos, la circunstancia permanente de muchos ciudadanos en nuestros países: buscarse la vida día a día. Y cuando uno tiene que buscársela para no regresar a la pobreza sin haber realmente conseguido pertenecer a la clase clase media, lo último que quiere es inestabilidad. El ser humano no es idiota por defecto, pero la supervivencia empuja a ser buen pobre. Reconocemos que el estado de las cosas es malo y que nos perjudica, pero también reconocemos que aquí seguimos, que no nos ha terminado de ahogar.

Y ya saben lo que se dice de lo bueno por conocer.

Malo Conocido I (antes: Bueno Por Conocer)

 

TANTAS VECES JENNY

Por supuesto, este es un ejemplo (casi) en el extremo de la broma. La situación de nuestros políticos y de los partidos en nuestro país es la misma: viven al día. Jenny Vilcatoma se pasó al antaurismo y eso no debería sorprendernos porque ella misma anunció que no le tenía ningún reparo a Antauro cuando lo visitó en prisión en octubre pasado. Hace cinco meses. El Antauro de “El Andahuaylazo”.

“Keiko le falló al pueblo al no ser transparente”.
Fuente: Expreso.

Que Vilcatoma se alíe con Antauro no debería extrañarnos porque estaba cantado, pero sobre todo porque incluso entre nuestros políticos más queridos, limpios y “decentes”, todo gesto, toda acción y toda palabra se ha convertido en un medio para conseguir algún fin casi siempre más personal que cualquier otra cosa. Un fin canjeable, por supuesto.

Carlos León Moya escribió hace dos semanas que escuchó al mismo Antauro decirle a sus seguidores que “tenemos que transformar nuestra maquinaria de guerra en una maquinaria electoral”, renunciando a priori, -según la primera impresión de Carlos-, a ese rasgo beligerante que lo hace único en medio de la oferta electoral con inscripción vigente y congresistas electos. ¿Qué cosa ha entendido Antauro?

Algunos políticos apuntan a propósito a un objetivo que de tan borroso y de tan baja definición podría convertirse luego y sobre la marcha en cualquier otro fin y pocos se darían cuenta. Hoy, una parte del antaurismo reconoce que la ex congresista de Fuerza Popular es una de las abogadas que estudian el caso de Anaturo para sacarlo de la cárcel y permitir que pueda postular a la Presidencia el 2021. Otros creen que #Vilcatopa.

Bancada de UPP con la CGTP. Foto: La Mula.

Seguramente, la Sra. Vilcatoma busca volver en el 2021 a algún espacio de poder o, como mínimo, al Congreso. Pero eso pasa porque se cumplan una serie de condiciones que no dependen de la ex congresista. Entre ellas, tal vez la más importante sea la percepción que vayan a tener los votantes de la bancada de UPP entre hoy y el 2021. El destino de la ex procuradora en los planes de UPP estará atado a lo que decidan hacer al interior de dicho partido con eso que crean que quieren los votantes. Quizás decidan distanciarse más del fujimorismo o de los “pro-familia”, perjudicando las pretensiones de la ex candidata de Solidaridad Nacional.

La ex congresista de Fuerza Popular, la ex congresista independiente, la ex candidata de Solidaridad Nacional y la ex procuradora son la misma persona, con distinto barniz. Vilcatoma es hoy el ejemplo más claro de que la necesidad tiene cara de hereje. O quizás, de que sarna con gusto no pica.

 

DILUYENDO EL ANTAURISMO DE ANTAURO

A diferencia de su hermano Ollanta, Antauro Humala es un tipo con un ímpetu febril, relativamente bueno con los cálculos, inteligente, de pocos escrúpulos y, sobre todo, con una misión que trasciende los detalles de las narrativas que construye para justificarse ante los demás. Pero está preso y aún está por verse si  el Estado que lo encerró le permita participar en las próximas elecciones. Ese es su primer escollo a remontar.

El segundo obstáculo es su imagen. Antauro tiene la absoluta certeza de que el votante peruano no es “electarado”, sino que casi siempre se decanta por el que probablemente no vaya a cambiar demasiado las cosas. Cuando a algunos politólogos les parece que el voto popular no tiene sentido, es porque probablemente al pueblo le da lo mismo. O cree firmemente en el mal menor.

¿Cuándo fue la última vez que los peruanos, hasta la coronilla de algo o alguien, elegimos a algún radical de derecha o de izquierda que nos ofreciera cambiarlo todo o destruir lo que hay para construir un mañana mejor? Nunca.

Quizás lo más radical que hemos tenido en los últimos 50 años fueron el Gral. Juan Velasco y Alberto Fujimori. El primero se eligió él solito a la prepo y con tanques y el segundo más o menos también, pero primero nos engañó: nos dijo que el radical era el otro. Fujimori nos metió miedo, nos aseguró que lo primero que haría su rival, Vargas Llosa, sería sincerar la economía con un movimiento radical que traería desgracias inenarrables y al que llamó (gracias al APRA por la idea), “el shock”.

En el Perú estábamos en el fondo de la depresión del Aprocalipsis del primer gobierno de Alan García con inflaciones de 2.775% al año (número de 1989, en 1990 fue de 7.649%, peor que en Venezuela 2019). Y ni aún así, ni siquiera porque tomábamos leche ENCI y hacíamos cola para comprar pan popular y RIN para llamar por teléfono, en el Perú decidimos elegir la opción que prometía acabar con eso. Porque no nos va a dejar trabajar, pe.

Después, Fujimori hizo exactamente eso que dijo que no iba a hacer. Por eso, el personaje con que Carlos Álvarez lo imitaba se llamaba Yukimori.

Fuente: BCRP.

Por eso perdió Vargas Llosa; porque a nadie que no se esté literalmente muriendo de hambre le gustan olas. Huimos despavoridos de la incertidumbre. Por los radicales solo votan los que quieren a toda costa que algo cambie sustancialmente, alguien a quien le da igual o que quiere ver el mundo arder. Y por eso nunca ganan. (ver 1)

Pero no todas las radicalidades son iguales ni pesan lo mismo. Miren el voto por Lima en las últimas elecciones para el Congreso: casi 600 mil limeños (588,763) votaron por un ex militar que, en síntesis, ofrece “poner orden”, no mucho más. El orden es estable, predecible, seguro, cierto. Además, no le tiembla la mano porque se dice que tiene un frío en su haber. No ofrece modificar la Constitución “para cambiar el modelo económico fuente y promotor y protector de inequidades” (como dicen algunos por ahí), un modelo que le permite a la gente ir al cine una vez a la semana a olvidarse de su día a día. Aunque pague su entrada sobregirando la tarjeta.

“Nos acaban de emboscar en los alrededores del mercado Santa Rosa en Los Olivos! Alguien todavía cree que no hay mafias, que esto lo hicieron inocentes ambulantes!”, escribió Urresti cuando compartió esta foto en Facebook.

En un lejano segundo lugar, pero con bastante más de 200 mil votos (266,654), quedó un candidato que no va a cambiar nada de nada. La tercera fue Martha Chávez con 182 mil votos y tampoco cambiará nada. Sí, es verdad que entre los tres suman apenas poco más del 16% del electorado de Lima y que en cuarto lugar está Cochero del FA, pero igual da como para pensarlo, ¿no?

Buscamos predictibilidad y la encontramos casi siempre con algún atisbo de continuismo. Nadie que viva con las justas va a votar por Antauro si sigue ofreciendo dispararle a cualquiera que no se le cuadre. Es verdad que ese volumen (“vamos a fusilar a todos”) lo puso en el mapa: al principio, la radicalización es atractiva porque es novedosa, hasta simpática. Y porque se alinea fácilmente con el desprecio que uno siente por sus representantes y autoridades ladronas.

Pero también es verdad que ese mismo “volumen” lo hará perder irremediablemente porque nadie quiere un loco armado hasta los dientes y disfrazado de comando tomando decisiones que afectarán su empleo, los precios en el mercado, la educación de sus hijos. ¿O ustedes creen que, con una mejor campaña, Cochero la puede hacer para presidente?

 

(BRINCA) LA TABLITA

Imagínese parado sobre una tablita en medio del mar, sin tierra a la vista y sin idea de a dónde lo lleva la corriente. La tablita apenas soporta su peso y se volteará al menor tumbo y usted está consciente de eso, pero también sabe que sin ella estaría mucho peor: en el agua helada, sin piso, quizás perseguido por tiburones y tratando desesperadamente de no ahogarse. Sobre la tablita puede estarse sin tanto apuro, y, tal vez, si se le cruza un palito de helado, quizás se anime a remar con él.

 

¿Qué le diría usted a alguien que viene y le mueve la tablita? Lo que usted no quiere, en realidad, es que le hagan olas. Si no me vas a salvar, déjame en paz, déjame remar con mi palito de helado Alaska de D’onofrio.

El sistema que ninguno de los tres más votados en Lima ha ofrecido cambiar promueve que vivamos aspirando a poder decir “yo soy Z porque consumo X”. Todo termina convertido en una función de consumir y hacer posible que nuestros hijos puedan consumir las mismas cosas, en los mismos sitios y con la misma gente. Y si se puede, mejor. Aquello que perturbe ese plan o que incorpore algún elemento de impredictibilidad o que ponga en riesgo el perder algún privilegio, algún elemento “diferenciador” que nos permita excluir aunque sea al vecino; ese, será la primera opción de muy pocos.

El mercado de los smartphones, de las telecomunicaciones y de los bancos son buenos ejemplos de cómo nos quedamos con lo que tenemos por malo que sea. Y además lo volvemos a escoger, somos renuentes a cambiar si algo no es demasiado malo.*

i) “El cambio” asusta; ii) evitamos el riesgo: lo conocido, por malo que sea, es terreno seguro y lo vamos a preferir; iii) ante la posibilidad de descubrir que la alternativa era igual de mala que lo que ya teníamos, escogemos lo malo conocido; iv) si no sabes muy bien cómo funciona algo que usas, lo dejas como está, no vaya a ser que deje de funcionar por completo; v) solo cambias algo cuando demostradamente ya no sirve o te causa algún perjuicio; vi) en el Perú, lo temporal siempre se transforma en permanente; y, vii) se entiende que si solo usas el teléfono para mandar memes por WhatsApp, da igual con qué operador estés.

Por eso, Antauro no será presidente sino se modula y parezca que dicha modulación es real. Como su hermano, que pasó del polo rojo al terno azul y recién entonces lo escogimos: porque enfrentados a escoger entre el reconocido autor del aprocalipsis y el desconocido que quería incendiar todo en nombre de la justicia social, rapidito escogimos al ladrón.

Ahora, si Ollanta pudo, ¿por qué Antauro no? Precisamente porque Ollanta pudo. Las mejores oportunidades las tendrá alguno que hacia el final de la carrera se pegue al centro desde la izquierda o desde la derecha con alguna credibilidad. No nos va a comer el lobo. Tampoco nos va a rescatar Thor.

¿Será Urresti?

Él también lo entendió.

 

 

 

 

 

 

 

 


1 Es verdad, como dice Hernán Chaparro, que aunque al final prime la desafección, que es conservadora, no todas las desafecciones son iguales: en el sur la indignación suele pesar mucho más que la indiferencia. Me queda la impresión, sin embargo, que aún siendo cierto que los peruanos del sur son menos dados la inercia de la indolencia tampoco están muy cómodos con la idea de alguien demasiado errático a la cabeza del estado. Porque no se trata de alguien que patea el tablero una vez, sino que vive pateándolo y así no se puede vivir.

 

* Menos del 50% de los usuarios de smartphones los explota a toda su capacidad: son objetos de estatus y por eso las demandas tecnológicas de quienes los usan son lo de menos. ¿Solo tomas fotos de tus gatos, miras Instagram, mandas correos y WhatsApp? No importa, necesitas el último Android que cuesta US$1000, aunque ni cuenta te vayas dar de la diferencia entre este y el modelo de hace 3 años que hoy cuesta US$100.

Todo el mundo se queja de que su proveedor de servicios de telefonía e Internet es pésimo, pero ninguna de las cuatro principales empresas que operan en el sector ha quebrado ni el número de líneas ha cambiado sustancialmente en 10 años. Cierto, la participación de mercado de Telefónica pasó de más 50% a 37% en dicho lapso, pero eso se debe más a que el mercado creció (lo que le dio espacio a Bitel y a Entel) pero la española sigue siendo la primera con más de 15 millones de líneas móviles. ¿Cómo se explica eso?

Con la banca pasa parecido: cuatro bancos se reparten más del 80% de todos los depósitos y son acreedores de más del 80% de todos los créditos. Créditos carísimos (hasta 120%) y depósitos cuya remuneración es un insulto (hasta 0.2% al año de interés). Esto es así desde hace al menos 15 años. ¿Por qué se mueve tan poco ese mercado si todos los bancos ofrecen todos los servicios para personas y hay 14 de ellos? Hay 14 bancos y el usuario promedio del sistema financiero es tan poco sofisticado que usa su tarjeta de crédito para pagar en cuotas un panetón de 10 soles por el que termina pagando 30.

Pero nadie se va.

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