Todos vamos a morir

“La vanidad es la ciega propensión a considerarse como individuo no siéndolo.” -Humano, demasiado humano, Friedrich Nietzche.

Elliot y el COVID-19

Si los números no fallan (y rara vez lo hacen) en el Perú tenemos ad portas un problema grave. Al día de hoy -12.03.2020- oficialmente hay 22 casos de personas infectadas con el virus COVID-19. Estas son personas que se sintieron mal, se reconocieron a sí mismas en el grupo de riesgo (venían de fuera, estuvieron en contacto con alguien que contrajo la enfermedad, etc.) y fueron a ver a un médico para que los examinen.

¿Sabemos cuántas personas que, sintiéndose enfermas, no van al médico porque “ya se les va a pasar” o porque “es un resfrío no más”? ¿Sabemos cuántas de esas están en efecto infectadas por este tipo de coronavirus? No, no tenemos ni idea. Y lo más probable es que no lo sepamos hasta que empiece a reducirse la tasa de contagiados: es decir, hasta que un día pasemos de 300 infectados a 230. Entonces sabremos que se contagiaron alrededor de 300 personas y que esas 300 fueron a un centro de salud y fueron diagnosticadas.

En el Perú todavía no hay ningún diagnosticado con COVID-19 que haya muerto o que se encuentre grave. Sabemos que el primer caso se detectó hace 6 días y que ahora hay 22 infectados. No hay que ser amarillista, pero esa es una tasa bastante alta de contagio. Cerrar el aeropuerto ya no sirve de tanto, pero es mejor que no sigan llegando más enfermos que se sumen a los focos infecciosos que ya tenemos aquí.

“Si comes en la carretilla de la tía veneno y tomas saltapatrás a la espalda del Hospital Obrero, eres inmortal”. Sentidos comunes -medio en broma, medio en serio- muy peligrosos.

Muchas personas recién se acercan a un centro de salud cuando ya no pueden cargar ni con su alma. Por eso es razonable pensar que hay muchos más infectados con el coronavirus que los 22 casos anunciados oficialmente. No se puede reconocer un caso hasta que no es diagnosticado y solo se puede diagnosticar a quienes acuden a ser examinados; otra vez, casi siempre porque ya se sienten mal y presentan síntomas. Creerse Iron Man o que un huaracazo de pisco antes de dormir lo cura todo es nefasto.

¿QUÉ SABEMOS?

Sabemos que el virus COVID-19 es más peligroso para las personas que por alguna razón tienen el sistema inmunológico debilitado. Eso incluye a las personas mayores de 60 años, a las personas con enfermedades crónicas como diabetes, a las personas convalecientes de otras infecciones, etc., pero no excluye a las demás. Sabemos que los demás corren menos riesgo de enfermar gravemente, pero “menos riesgo” no es lo mismo que “cero riesgo”.

Sabemos que la tasa de mortalidad está fuertemente ligada a la robutez del sistema de salud pública de cada país. Por eso suponemos que, dado nuestro tremendamente vulnerable sistema de salud, la probabilidad de que la tasa de mortalidad en el Perú sea relativamente elevada si los contagios se disparan, es alta.

Sabemos que las políticas de prevención, contención (como cerrar ciudades enteras) y mitigación de la pandemia tienen un impacto determinante en el curso de la enfermedad: esto puede hacer la diferencia entre que se registren 5 muertos por cada mil enfermos o 5 muertos por cada 100.

Sabemos que hay otro montón de factores a considerar que explican que en China la tasa de mortalidad sea 2.3% y que en el resto del mundo, en promedio, sea de solo 0.7%. O que entre los chinos mayores de 80 años dicha tasa sea de 15% y en el resto del mundo no supere el 5% mencionado. ¿Será porque el gobierno chino intentó ocultar el inicio de la pandemia y se demoró demasiado en actuar pese a tener la capacidad de construir hospitales en tan solo 10 días? (Y ya los está desmantelando: la epidemia ha sido controlada). Quizás lo averigüemos luego.

Sabemos que alrededor de 5 de cada 100 personas infectadas por el COVID-19 necesita ser hospitalizada y conectada a algún tipo de respirador artificial. Incluso ser internada en una unidad de cuidados intensivos (UCI).

Sabemos que si la infección se expande demasiado rápido hará colapsar cualquier sistema de salud, que ninguno se podría dar abasto porque el número de equipos la capacidad de infraestructura (ventiladores, camas y áreas) son limitados. Eso ha sucedido en Italia. Y en España. Y en Corea del Sur.

Por cierto, también sabemos que -en efecto- sí se trata de una pandemia y que pandemia no es una categoría de letalidad, sino de espectro. Así, mira ve:

El alcance de la enfermedad y no su letalidad es lo que la convierte en pandemia. “En un mes y medio no más”. David Rivera dixit.

Por los datos con los que se cuenta a la fecha, sabemos que la enfermedad del COVID-19 se puede manifestar entre dos y 14 días después de haber estado expuesto al contagio. Y todo ese tiempo la persona infectada pudo haber sido un foco infeccioso sin saberlo. En Corea del Sur (un país desarrollado con un sistema de salud mucho más potente que el nuestro y, sin embargo, gravemente afectado), el tiempo que transcurre entre infectarse y morirse es de más o menos de 17 días. También en Corea del Sur, el número de infectados llegó a ser 27 veces el número de casos identificados y diagnosticados.

Si trasladáramos eso al Perú, que tengamos 22 casos (mañana pueden ser más) significaría que tenemos hoy casi 600 infectados (22 x 27 = 594). Ese sería el peor de los escenarios y uno de baja probabilidad, felizmente. Los números cambian todos los días, el virus muta y además se manifiesta de manera distinta en cada organismo. Al parecer, el período de activación, la severidad de las afecciones y la duración de la infección pueden variar y eso dificulta su tratamiento y prevención.

PREOCUPA. MUCHO.

Nunca es más difícil preguntar algo que cuando ya conocemos la respuesta y sabemos que no nos va a gustar. Pero a veces decir las cosas en forma de pregunta le dan a uno el espacio necesario para abrigar esperanza. Tan escasa, tan injustificable en estos días de papel higiénico agotado.

Si 5 de cada 100 infectados tiene que ser hospitalizado, ¿qué pasaría en el Perú si se enfermaran 10 000 personas? Unas 500 personas requerirían atención en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Hace unas semanas, cuando aún no había un solo caso diagnosticado de coronavirus en el Perú, el Ministerio de Salud (Minsa) anunció que entre los preparativos para enfrentar la llegada de la pandemia a nuestro país, estaba la disposición de unas 40 camas y 4 laboratorios UCI en 4 hospitales para atender los casos que se presenten.

Ya hay un déficit permanente de camas y de capacidad hospitalaria en general. No hay suficientes médicos, ni enfermeras, ni suministros, ni medicinas, ni infraestructura. Las clínicas privadas ni siquiera podían hacer el test de descarte de la enfermedad del COVID-19 y no obstante ello más de una quiso vender en miles de soles un servicio que no podía dar. (Bendita mano invisible del mercado que todo lo ves, todo lo sabes y todo lo (auto)regulas).

¿Qué pasaría si se necesitan 200 camas para evitar que 200 personas mueran? ¿Qué va a pasar con los enfermos de otras afecciones que necesiten ser ingresados a la UCI? ¿Y los que lleguen con una neumonía provocada por alguna otra enfermedad? ¿O los que lleguen rotos por algún accidente, por alguna necesidad de recuperación post operatoira? Recordemos que aún no hay cura ni vacuna a la vista, así que, como con cualquier gripe, hay que esperar que la infección por coronavirus pase solita. Pero para que pase y para sobrevivir, al menos 5 de cada 100 enfermos necesita internamiento y ayuda médica muy especializada. ¿Qué va a pasar con ellos?

En el Perú, la prevención es la principal y mejor arma que tenemos porque nuestro sistema de salud ya está desbordado, sin epidemia ni pánico de coronavirus. Además, estamos en cambio de estación y, al menos en Lima, todo el mundo se resfría o como mínimo moquea y estornuda. Usualmente todos siguen con sus vidas como si nada y se gastan íntegro un rollo de papel higiénico en la oficina limpiándose la nariz. Y de eso no pasa. Pero en este contexto, muchos saldrán corriendo a la sala de emergencia al primer estornudo, solo por si acaso.

En estos días hemos comprobado (y muchas veces antes) que no somos muy inteligentes. También que somos muy poco solidarios y que enfrentados al dilema de ver por uno mismo (o por los nuestros) o ser “empático”, lo más probable es que me compre todo el papel higiénico que pueda aunque eso signifique que después tú te tengas que limpiar con hojas de cuaderno.

(El consuelo es que no solo somos nosotros en el Perú):

En ese contexto: ¿qué va a pasar si hay 10 ventiladores y 20 enfermos que los necesitan de manera permanente para no morir? ¿Y aunque fueran solo 11 enfermos? ¿Quién va a decidir quiénes los usan? ¿Quién y cómo van a decidir quiénes viven y quiénes mueren?

En esos casos extremos se decide por edad y condiciones de salud: entre un niño y un anciano, se escoge al niño. Entre un paciente tremendamente debilitado con pocas probabilidades de sobrevivir y uno con mejores perspectivas de hacerlo, se escoge a este último. Como explica el médico italiano Christian Salaroli, del Hospital Juan XXIII de Bergamo: “Como en una guerra, hay que decidir a quién salvar”. ¿Cómo funcionaría eso en el Perú?

¿Se acuerdan del médico Carlos Moreno, asesor en temas médicos de PPK? En octubre de 2016, recién inaugurado el gobierno, este individuo le “vendía” los pacientes del estado a clínicas privadas y ofrecía encargarse de no reparar los equipos en los hospitales del estado para que contratar a los privados siguiera siendo posible. El “negociazo”.

¿Quién decidirá quién vive y quién muere? ¿Don Dinero?

CIERRE

Sin cura ni vacuna a la vista, la única manera de combatir la pandemia es no salir de casa. Aislarse. Si no estás enfermo, no te vas a contagiar y si lo estás, no vas a contagiar a nadie más. En cualquier caso, no te conviertes en un agente o medio de expansión del virus. Si lo tienes, muere contigo. Si no lo tienes, muere en la persona que te hubiera podido contagiar.

ESTO

Recuerda que no te quedas en tu casa de vacaciones. No recibas visitas (porque es casi como salir a la calle). Mantén el lugar bien ventilado. Si tienes más de un baño y aquellos con quienes convives no están infectados, pues usa exclusivamente uno de ellos. La higiene es importantísima. El jabón es suficiente, cualquier jabón. El Dr. Huerta desaconseja los antibacteriales porque, aunque funcionan igual que cualquier otro jabón contra el coronavirus, crean resistencia a otras bacterias.

“Contención y distanciamiento social como armas de control de epidemias en salud pública”. (Dr. Huertas dixit).

La curva alta representa el número de pacientes que pueden verse afectados si no actuamos a tiempo. La curva más baja el número de pacientes a lo largo del tiempo si se toman medidas de mitigación adecuadas. Ian Mackay, Katherine Arden. El Espectador.

Criticar al presidente Vizcarra por tomar las medidas que está tomando es irresponsable y mezquino. El tipo es un pragmático y ese perfil sí funciona en situaciones como esta, tanto así, que está siendo felicitado por los organismos multilaterales de salud porque se está atreviendo a hacer lo que en varios países de Europa no se atrevieron a hacer a tiempo (Italia, Francia, España… donde la ministra de Igualdad se fue a la marcha enferma a contagiar a todo el mundo), pero igual lo terminaron haciendo.

Hoy esos países están pagando su falta de decisión en miles de vidas humanas y el colapso de sus sistemas de salud. Y cuando el sistema colapsa, no solo lo hace para los que se enfermaron de coronavirus, sino para todos.

Este es uno de los rarísimos aciertos de este gobierno que no tiene nada que ver con la lucha contra la corrupción. Y en total no deben ser más de 4 o 5.

BONUS TRACK: ESTO PASÓ AYER

Mi amigo José Carlos Yrigoyen escribió en su muro de Facebook:

Ya no me queda duda: en una eventual sequía, los limeños apuñalarían sin piedad a sus semejantes para comprar la última botella de agua de Plaza Vea. O les pasarían por encima con sus modernísimas camionetas para conseguir el postrero marciano de maracuyá de la bodega de la esquina.

José Carlos, el vate, se refería más o menos a esto:

En marzo del 2017, Sedapal anunció que se racionaría y quizás se cortaría el servicio de agua potable para la capital por unos días. Máximo 4 o 5 días. Las intensas lluvias llenaban los ríos con más sólidos que los que la Atarjea podía procesar y se iban a demorar en limpiar el agua para poder distribuirla. Es decir, no es que dejó de llover, es que llovía demasiado.

Solo cuatro o cinco días. En una familia de 5 personas adultas, si cada una se toma dos litros de agua al día, se necesitan, más o menos, 50 litros de agua (5 personas x 2 litros x 5 días). Pero el panorama era este:

Mi comentario al post de José Carlos fue este:

(…) En grandes números y sintiéndonos amenazados, yo diría que (los seres humanos) somos tan animalitos como todos los demás animalitos. Quizás la diferencia más importante sea que tenemos una consciencia que después va a regresar a mordernos el poto (sobre todo) en forma de culpa. Pero, en automático, incorporamos esa consciencia protestona en nuestro cálculo del costo de pensar en el otro antes que exclusivamente en nosotros (la palabra “exclusivamente” es muy importante aquí).

Y aún con eso, a la hora de las sumas y las restas solo se ayuda cuando el costo percibido es realmente bajo comparado con el beneficio percibido (no nos gusta reconocerlo, pero todo se trata de eso, de percepciones).

Lamentablemente, la consciencia se apaga en el instante en que aparece (justificadamente o no, de manera real o ilusoria) el (falso) dilema: “¿o ellos o nosotros?”. Y ¡ZAS!, ya no hay dilema.

Esta mañana fui a la farmacia porque mi hija tiene un virus estomacal, hay que lavarse las manos y desinfectar algunas cosas. En cinco farmacias repartidas en 4 cuadras no había una sola botella de alcohol medicinal ni un pomo de gel con alcohol. Incluyendo Metro. Tampoco Panadol antigripal, ni para adultos ni para niños. Cuando me regresaba derrotado a casa, vi un camión estacionado en la puerta de Inkafarma: estaban descargando las existencias para el día y logré comprar una botella de alcohol. La señora que estaba a mi lado se compró todas las que quedaban, que eran 9. Tuvo que pedir ayuda para llevárselas a su auto (de un litro cada una). Le pregunté qué pensaba hacer con tanto alcohol porque estaba dejando sin alcohol a mucha gente que seguramente también lo necesitaba. (…) “¿A usted qué le importa? ¿Para (sic) qué no compra más, pues, para qué no toma precauciones? ¿Para qué es cojudo? ¡Para eso los bomberos!” Yo solo le sonreí y ella salió caminando furiosa con sus nueve litros de alcohol al 96%, seguida por dos empleados de la farmacia que la ayudaban a cargar. ¿Qué me habré creído yo para estar preguntando huevadas a las 8 de la mañana de un jueves, no?

El problema no son los sistemas, el problema es el homo sapiens. Siempre lo ha sido. Los sistemas solo refuerzan o promueven algunos rasgos sobre otros, pero todos ya estaban allí. En fin.

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