¡Ardan, pecadores!

“Las inconsistencias reducen la sencillez de nuestro pensamiento y la claridad de nuestros sentimientos.”

― Daniel Kahneman, Thinking, Fast and Slow

Lo que han hecho con las vacunas de prueba quienes estaban a cargo de administrarlas y quienes tenían el poder de influir en su administración, es espantoso. Es, sin duda, una traición imperdonable. Pero, ¿por qué es una traición? ¿Y son los 400, 500, 1000 o 2000 vacunados a espaldas de todos los demás peruanos, traidores?

Las dimensiones y ferocidad de la indignación ciudadana no parece guardar correspondencia alguna con la conducta cotidiana, sistemática y evidente de esa misma ciudadanía. Ninguna. Tamaño escandalizamiento sugeriría que somos ciudadanos ejemplares, conscientes, cumplidos, puntuales, respetuosos y conocedores de las leyes y de las normas, correctos, intrínsecamente honestos, bondadosos, pulcros, es decir, desacostumbrados por completo a presenciar suciedades de este tipo. Cívicos. Atenienses.

Y no, no somos. Pero aquí, en este caso, se ha cruzado una línea.

¿Se ha cruzado una línea? Un observador externo e imparcial podría sugerir que la masiva y dramática rasgadura de vestiduras por la falta ética, moral o -quizás, incluso- presunto delito cometido por los vacunados o los administradores de las vacunas tiene gruesos matices de desproporción. Sobre todo, si consideramos que aquí, ayer, hoy y siempre, “todos” roban, “todos” delinquen y “todos” juegan todo el tiempo a ser el vivazo. Y sí, es verdad también que todos nos quejamos, pero se nos pasa más o menos rápido dependiendo de si el Pepe en cuestión nos cae más o menos bien o mal. Y si su inconducta nos afecta o no directamente.

(Que quede claro: cuando, por ejemplo, el gobernador regional se lleva a su casa la plata de las obras también mueren personas y se condenan vidas: porque el pueblo se quedó sin posta, porque la pista se quedó rota, porque la calle se quedó sin luz, porque las casas se quedaron sin agua ni desagüe, porque no hay oportunidades aprovechables sin servicios públicos de calidad mínima. Esto, repito, sucede todos los días y ya casi casi, ni la tos.)

Pero no. No se trata de un histrionismo extravagante, aunque lleve todas las medallas encima. La altísima intensidad de los reclamos de condenar a la cadena perpetua de la muerte civil a los responsables corresponde a que percibimos que este hecho es diferente, a que en efecto sentimos que se ha cruzado una línea. Esta vez, a cada uno la muerte nos espera con su cubilete en la puerta y eso es mucho más grande, importante, cercano y definitivo: la inminencia de dejar de ser, del fin de la vida. De la propia vida o de los que uno considera “los suyos”. Y de eso, de morir, no hay vuelta posible, no tiene arreglo. Quizás no lo razonamos así (hablamos de instintos, quizás), pero lo intuimos. No es igual que robarse las tapas de los buzones de agua de la vereda.

Si te roba el alcalde inflando el precio de las pistas y contratando a su primo para que le eche agua a la mezcla del asfalto, tú y tu familia seguirán aquí mañana y, chambeando duro, algo podrán recuperar. Pero si te “roban” la vacuna y se murió tu viejita, tu hijo, tu hermana o tu pareja, no hay remedio alguno ni de corto ni de largo plazo. Eso es definitivo.

Así que sí, es diferente.

HUMANO, DEMASIADO HUMANO

La ex ministra Mazzetti tuvo miedo, dice. ¿Importa? ¿Debería tomarse eso en cuenta entes de emitir un juicio y condenarla llamándola sucia traidora? Sí, debería. Entre los más indignados y desengañados con Mazzetti hay muchísimos que van por la vida con la bandera de la empatía con todo y todos y la comprensión del ser humano como un sujeto integral que se debe a su pasado y a su contexto y -siempre según ellos mismos- que las emociones humanas son tan reales y verídicas y genuinas como la gravedad o el piso contra el que se estrellan sus buenos deseos y su prédica de la paz y el amor cuando alguien no está de acuerdo con cualquiera de esas cosas que creen. O sea, dicen que las emociones son incuestionables. ¿Mazzetti tuvo miedo? ¡MENTIRA! O peor, “que se aguante”. La consistencia (no) es la divisa.

Será la época, la sensación del vilo permanente que exacerba estas cosas que en realidad suceden siempre. Porque sí, lamentablemente, son de siempre.

La ex ministra no se ha hecho de dinero del erario público para comprarse un departamento lujoso en algún barrio exclusivo de alguna capital europea dejando sin servicios de educación o médicos de mejor calidad a miles de niños. Parece que tampoco estaba coimeando y cobrando comisión al inflar el precio de una obra o adquisición pública; no se estaba robando un carro o el mobiliario del ministerio, no le estaba cobrando cupo a sus asesores o viceministros por nombrarlos. No dirigía una mafia que mantenía malogradas las máquinas de diálisis de los hospitales del Estado para que la gente deba ir a su clínica privada o la de sus socios. No estaba usando al chofer que le pone el MINSA para que lleve su ropa de invierno a la lavandería y le haga las compras en Wong porque el delivery siempre manda los tomates verdes.

No. Mazzetti tomó la oportunidad de salvar su vida e intentó ocultarlo, y esto último es su falta enorme, no otra.

“Te vas presa por cagarte de miedo de morir”. No, esto es ridículo. Y además sería cruel, inhumano.

“Te vas presa por ponerte la vacuna a escondidas y mentir al respecto haciéndote la mártir que no eres y que nadie te pidió que fueras”. Creo que esta es. Nadie le pidió que sea una mártir, pero por las reacciones no solo parece que sí se lo hubiéramos pedido sino que todos ellos nos los hubiera prometido para luego engañarnos con premeditación, alevosía y dolo. Como si fuera un pedófilo con sotana que se ofreció a cuidar a tus hijos y te prometió que nada les pasaría mientras estuvieran a su cuidado.

Muy pocos -si alguien- hubiera criticado que ella o que Vizcarra se vacunaran si lo hacían público. Algunos incluso lo hubieran aplaudido. Lo imperdonable es que lo esconda y si lo esconde es por alguna razón de fondo. ¿O habrá sido por la vergüenza de haber sentido miedo y de haber sido “débil”?

Hay una razón ineludible y que comparte con un puñado de los vacunados -incluyendo a Vizcarra- y de ninguna manera con los demás. Ella conoce de primera mano cómo se contagia, se enferma y se muere el personal de salud de los hospitales del Perú y las familias de ese personal. No se lo tienen que contar. Ella sabe que, aún visitando esos mismos establecimientos, ella corre un riesgo menor. Y muchos lo intuimos y ni siquiera por eso hubiéramos criticado que se vacune. Pero sucumbió a su humanidad animal (sí, humanidad animal) y a su miedo, por ella o por sus familiares, por su vida o la vida de ellos y luego mintió para intentar cubrirlo.

Jodido.

SIN SALIDA

Ya me explayé demasiado para decir que me parece un poco hipócrita la condena absoluta y generalizada y sin considerar atenuantes, como si todos los críticos y jueces estuvieran absolutamente seguros que, de haber estado en su poder, ninguno hubiera usado su posición de privilegio para asegurarle aunque sea una vacuna para sus padres o para sus hijos y, con ello, garantizar su vida y evitar a toda costa que mueran. O sea, ninguno de los críticos hubiera hecho, de ningún modo, lo que cualquier persona normal procuraría casi por defecto y en automático.

Muchos críticos implacables dirán convencidos -y seguramente algunos con genuina honestidad- “yo no lo hubiera hecho”. Por eso me parece pertinente recordar que, en situaciones extremas o de peligro inminente y mortal, la previsión -cuando puede darse- consiste en generar respuestas automáticas, pues “saber” qué hará uno racionalmente ante ellas para reaccionar de manera adecuada es casi imposible. Nadie sin entrenamiento puede prever cómo reaccionará cuando el miedo (a lo que percibe como su muerte inminente o el de su legado genético) le congele el espinazo. No, yo tampoco.

Por supuesto, puedo estar equivocado. Y sería genial estarlo y ser consciente de que, en realidad, vivo rodeado de seres generosos, valientes, honrados, magnánimos, desprendidos, espléndidos, inmaculados y estoicos. E infalibles. Sería maravilloso alcanzar la convicción de que el único que se comporta como un chimpancé ante el peligro, soy yo.

Es posible que pueda razonar así y escribir esto que escribo porque no se “me” ha muerto nadie demasiado cercano por falta de oxígeno en la puerta de un hospital. O al menos no aún. Y me gustaría pensar que seguiría pensando así aún si fuera el caso. Pero no lo sé.

TODOS SON IGUALES

Una de las consecuencias más jodidas es el golpe a la credibilidad de todo y de todos. Es como que ahora el asaltante cogotero tiene la “altura moral” de cruzarse de brazos con su chaira en la mano para señalar al que se quedó son su vuelto porque sumó mal por el apuro: “¡CHORO!”, le grita.

Mazzetti es otro ídolo caído. Uno más. La diferencia con los anteriores es que ella no pidió serlo, no nos vendió eso nunca.

Seguimos sin aprender que los ídolos son, todos, de mentira, una construcción que hacemos con nuestras proyecciones y no con la verdad. Olvidamos que son seres humanos, falibles y corruptibles. Que se congelan ante el miedo, que se equivocan, que sienten rabia, ira, envidia, dolor y que reaccionan como animales ante ello. Que así como pueden ser héroes también son capaces de mendacidades indecibles. Y así vamos y así hemos votado y así volveremos a votar. Algunos pocos, al menos, porque la mayoría ya no cree en nadie. Terrible y nefasto devenir; pero lógico también.

Esta vez, la caída del ídolo se produce no solo sobre quienes lo erigieron de tal modo (como ocurre siempre), sino que, al mismo tiempo legitima a los que dicen que todos son iguales, que todos están igual de sucios y le permite a los delincuentes de siempre -y de verdad- señalar al caído y gritarle “corrupto”. Y tener razón.

Lo más pendejamente doloroso de la caída de Mazzetti (ya no diré de Vizcarra) es que no deja nada en pie y nos arrebata las ganas de seguir creyendo que levantarse del cieno y hacer el esfuerzo de sacudirse tiene sentido o vale la pena. Qué difícil convencer a alguien de que sí, que vale la pena.

¿O mejor ya no?  

Un comentario en “¡Ardan, pecadores!

  1. Hace mucho tiempo, cuando eran nino, cayo en mis manos un libro con la historia del que seria uno de mis personajes favoritos. El tipo se llama Cincinato. la historia que yo lei, cuenta, que Cincinato era un ciudadano de la antigua Republica Romana. Como los patricios de esa epoca, el mayor orgullo de Cincinato era que lo consideraran un buen agricultor. Yo naci en Arequipa, asi que me imaginaba a Cincinato como un chacarero arequipeno, un tipo grande, que andaba todo el tiempo cubierto de polvo y preocupado de como van sus cosechas.

    Por aquella epoca Roma le habia buscado pleito a unos vecinos suyos. Los lideres de Roma imaginaban una victoria facil, pero nada podia estar mas lejos de la verdad. Los vecinos estos, resultaron ser extremadamente aguerridos. Tanto asi, que frustraron los planes romanos y pusieron a los lideres de Roma a buscar una salida que no sea una humillante derrota.

    Las decisiones importantes en la Republica Romana eran tomadas por consenso en el Senado. Era un proceso no particularmente rapido. En circunstancias dificiles, una emergencia, una invasion etc. Roma necesitaba de decisiones rapidas. Era en estos casos que el senado elegia un Dictador. Este, era un ciudadano Romano al que el senado cedia toda la autoridad por un tiempo delimitado. El dictador podia decidir sobre la vida y bienes de cualquier ciudadano Romano. El dictador tenia un poder absoluto. Era por eso mismo que el Senado trataba de evitar tener que nombrar un dictador, esta era una medida extrema.

    El senado viendo que la situacion con los vecinos se salia de control empezo a buscar a alguien a quien confiarle el cargo de Dictador. Alguien se acordo de Cincinato. En el pasado, el habia tenido una funcion publica de menor rango, en la que habia hecho un buen trabajo. Imagino que el Senado no encontro un mejor candidato, asi que mandaron una comision a buscar a mi heroe. Cincinato estaba en su chacra, (para variar). Ahi mismo, en medio de la chacra recibio a la comision. Escucho lo que le proponian, y acepto. Les dijo que al dia siguiente iria al senado a tomar posesion del cargo, y que ahora lo dejasen que tenia cosas de la chacra que no podian esperar. La comision del Senado, lo dejo, imagino que ahi mismo empezaron a dudar de si darle tan importante cargo a este chacarero fue una buena decision.

    Al dia siguiente, Cincinato aparecio en el Senado y recogio su manto purpura, simbolo del poder. De inmediato procedio a hacerse cargo del problema con los vecinos. Todos sabian que Cincinato era eficiente, pero nadie se imagino que tanto. El senado le habia dado poder absoluto por un tiempo limitado, no se cuanto tiempo seria, pero para esta narracion, diremos que fueron 6 meses. Cincinato fue tan eficiente que resolvio la crisis en unas cuantas semanas. El pueblo de Roma estaba euforico, sin embargo en el senado los mas perspicases empezaron a preocuparse. Cincinato aun tenia poder absoluto por mucho tiempo, ademas de eso tenia a su disposicion un ejercito que le era leal y era sumamente popular entre los ciudadamos de a pie, la plebe. Muchos se preguntaban que haria Cincinato con tanto poder. Acaso se haria millonario a costa del herario publico, o quizas usaria su nuevo poder para ajustar cuentas con algun antiguo enemigo. En ese momento Cincinato hubiese podido desaparecer la republica y autonombrarse rey. No habia nadie ni nada que se hubiese podido interponer en su camino. Pero Cincinato, una vez mas sorprendio a todos. Apenas acabo con el enemigo, regreso a Roma, se enfilo al Senado, procedio a dar su reporte. Una vez acabado el reporte, devolvio de inmediato el manto purpura. Les dijo, muchachos, gracias por la confianza, cumpli con mi deber, aqui les dejo su manto y la autoridad que representa. Ahora procedo a irme a mi chacra que mis cultivos y mis vacas me estan esperando.

    Para los antiguos romanos, Cincinato era la personificacion del buen funcionario. Alguien que cumple su deber y no tiene ambiciones que lo lleven a abusar de la autoridad que le da su cargo. En 1788, los lideres de la naciente republica gringa USA, fundaron una ciudad que llamarian Cincinatti. Entre los primeros ciudadanos gringos, habia consenso que el Cincinato americano era George Washingon. Luego de la guera de independencia, no fueron pocos los que sugirieron que dadas las circunstancias, (no habia otras republicas), lo mejor era nombrar a Mr. Washington, rey del nuevo pais. Mr. Washington se nego a tal cosa en terminos bastante claros, indicando que tal proposicion la consideraba deshonorable y que jamas alguien volviese a tocar el tema en su presencia.

    Si Mr. Washington hubiese cedido a la tentacion y se nombraba rey, la unica diferencia entre los USA y las republicas bananeras hubiese sido el idioma. La suerte de los USA es que al nacer, tuvieron su buena dosis de Cincinatos. La mala suerte de Peru y de otros paises del sur, es que en nuestros paises un Cincinato es un ave raris. Tan raris que puede llegar a ser objeto de mofa. Pillos siempre va a haber, lo triste es que no haya Cincinatos a la vista.

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